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LA CHAYA: DE PLANTA INTOCABLE A LEGADO NUTRITIVO MAYA
La chaya silvestre, de armadura verde, espinosa y urticante, casi siempre custodiada por hormigas, fue domesticada por los mayas hasta lograr una versión mucho más amable del arbusto cuyas hojas comestibles forman parte de la gastronomía del sur de México y Centroamérica. Hoy, su herencia vegetal se puede disfrutar en bebidas y platillos de Chiapas y la península Yucatán, así como en Guatemala y Belice. Pero su importancia va más allá. Cuidar las variedades de la chaya y otras planta endémicas de América Latina nos ayudará a prepararnos para el futuro, cuando debamos recurrir a reservas vivas de genes resistentes a plagas, enfermedades y al cambio climático.

La chaya domesticada es una de las miles de plantas eclipsadas por la agricultura intensiva. El panorama está así: de las 30,000 especies de plantas comestibles, alrededor de 7,000 se han cultivado para producir alimentos; de esas, 170 se comercializan. Pese a esta disponibilidad, en México y el mundo, más de la mitad de nuestra ingesta de calorías provienen de tan solo tres cultivos: arroz, trigo y maíz.

Proteger la diversidad de cultivos, sin embargo, es clave para combatir el hambre y la malnutrición en distintas latitudes. En el mundo, cerca de 1,500 millones de personas sufren alguna carencia de micronutrientes. La pérdida de soberanía alimentaria es grave, especialmente cuando quedan relegados los cultivos nutritivos, adaptados a climas locales e importantes para las comunidades indígenas. La chaya, por ejemplo, se considera un cultivo subutilizado, a pesar de que resiste a altas temperaturas, es fuente de calcio, hierro y aminoácidos. También se ha demostrado (en ratas) que tiene compuestos como los flavonoides, capaces de prevenir y tratar la inflamación tópica.
Por su importancia cultural y alimenticia, esta planta se estudia en el laboratorio de Ecología Terrestre, a cargo de Miguel Munguía Rosas, investigador del departamento de Ecología Humana del Centro de Investigación y Estudios Avanzados (Cinvestav) en Yucatán.
Legado maya nutricional
La domesticación de plantas ocurre cuando los humanos seleccionan y cultivan especies vegetales, alterando sus características para satisfacer sus necesidades. Las plantas que cultivamos hoy lucen distintas a sus antepasados. Por ejemplo, los ancestros de la papaya y el maíz eran mucho más pequeños. En algunos casos, la domesticación hace que las plantas se vuelvan dependientes del cuidado humano.
En el pasado, la península de Yucatán fue cuna de numerosos procesos de domesticación. Esto la convirtió en un lugar privilegiado para la investigación científica sobre ecología de plantas silvestres y cultivadas. En el laboratorio de Ecología Terrestre, esto se explora mediante tres frentes: microscopía, vivero y ecología experimental y genética. Allí, Munguía Rosas ha estudiado la relación genética entre la chaya domesticada y su versión silvestre.
El científico se interesó en la especie de Yucatán porque pertenece al género Cnidoscolus, compuesto por 99 especies apodadas como “intocables”, distribuidas desde Estados Unidos hasta Argentina. La chaya que comemos es una novedad evolutiva, dice emocionado, “posiblemente producto de una mutación. En sus parientes del mismo género esa mutación es una tragedia, no sobreviven, pero nuestra chaya sí por su relación con el ser humicroscoano”.
Su capacidad urticante le ha valido nombres como «mala mujer” o “espino”. La mayoría de las personas la evitan en el monte debido a sus defensas químicas, como el ácido cianhídrico que causa inflamación y daño, según la susceptibilidad de cada persona.
Pero la variante domesticada tiene pocas toxinas que se neutralizan con la cocción, perdió defensas contra herbívoros y habilidades para resistir el estrés. Se localiza en huertos familiares de traspatio y milpas, suele estar cerca de la albarrada, muro de rocas de poca altura usado para delimitar terrenos. Quienes cocinan la chaya la suelen tener en su patio. Para comerla, la mezclan con masa para hacer empanadas o tamales “brazo de reina”, la revuelven con huevo o la muelen con piña o limón para hacer aguas frescas.
La chaya es un modelo ideal para estudiar la domesticación y la evolución de dos especies que coexisten a pocos metros. En sus primeros estudios, los investigadores preguntaron a las usuarias qué cualidades buscaban en las plantas domésticas. Entre sus diferencias físicas más marcadas está que la silvestre tiene una hoja muy escotada, “como si fueran dedos”, mientras que la domesticada no, su hoja es casi continua.
El valor de conservar ancestros silvestres
La chaya domestica se reproduce mediante esquejes: se entierra una fracción de tallo que luego echa raíces. La nueva planta es genéticamente idéntica a la madre. Esta característica no es exclusiva de la chaya: los agaves tequileros y azules se reproducen de la misma forma, por mencionar solo un ejemplo. Tal situación los deja vulnerables a enfermedades, ya que sin variabilidad genética, la resistencia a nuevos patógenos, que están en constante evolución, es menor. Al ser todas copias son igual de susceptibles a los problemas.
Munguía Rosas explica que una solución para introducir variación genética en los cultivos domesticados es extraer genes resistentes de sus parientes cercanos e insertarlos mediante ingeniería genética, de forma que los cultivos puedan adquirir resistencia contra enfermedades y plagas. Esta técnica depende de que preservemos a sus parientes salvajes.
En el caso de la chaya, su ancestro silvestre es abundante en los remanentes del monte en Yucatán, pero su hábitat enfrenta crecientes presiones debido a las industrias porcícola, agrícola e inmobiliaria. En muchos cultivos, añade el investigador, la historia de su domesticación se borró y, en otros casos, sus ancestros ya no existen. “Las plantas domesticadas que no se cultivan se pierden”.
Fuente:wired